Una vez vivían tres duendes (kabouters). Vivían juntos en una madriguerita (holletje) abajo de un viejo árbol de castaña. Era muy agradable. Había un sillón, un reloj tic-tac, una estufita (fornuisje) para cocinar algo, y tres sillas para sentarse.
En una pequeña habitación al lado había tres camas, tan largas como cajas de cigarras, y tres mesitas de noche (nachtkastjes), tan largas como cajas de cerillas (lucifers). También tenían un jardín, en que criaban dientes de león (paardebloemen) y margaritas, y también un cactus que picaba. La grava (grint) en los caminos del jardín era blanca como la nieve, y mucho más pequeña que otra grava. También los dientes de león y las margaritas eran mucho más pequeñas que en el mundo entero, y en el gallinero (kippenhok) corrían pollos muy pequeños, que ponían huevos tan pequeños como abalorios (kralen). También tenían pollos gallo (krielkippen), pero los huevos que ponían ellos no podrían ser vistos por los humanos. Solamente un duende podría decir: se ha puesto otro huevo gallo.
El duende menor, que se llamaba Juan, hacía todo en el jardín. Rastrillaba (harkte) la grava, cogía las flores, y esparcía grano (strooide graan) para los pollos. También recogía los huevos en una canastita (mandje); y cuando una vez había caído una castaña en la jaula (hok) cerró el agujero (gat) y cortó la castaña en pedazos (zaagde de kastanje in stukken).
El segundo se llamaba Hans. Hans limpiaba la casa y hacía panqueques (pannenkoeken) en la estufita. A veces, cuando alguien tenía su cumpleaños hacía budín de sémola (griesmeelpudding). No sabía hacer más, pero los duendes estaban muy satisfechos con eso.
El tercero no hacía nada. Era el mayor, y fumaba cigarrillos en el sillon. A veces leía en voz alta un libro. El libro se llamaba “Consejos para Amantes”, y Juan lo había encontrado un día de octubre. Inmediatamente había entendido que había cosas importantes en el libro, y cada noche escuchaban al duende mayor, que leía páginas. Finalmente lo conocían de memoria, pero no podían comprender lo que era un amante. Hans pensaba que era algo para cocinar, y Juan pensaba que era algo para poner en el suelo. Pero el mayor dijo que era demasiado difícil para comprender. No se tenía que querer comprenderlo todo, dijo él. Así seguían viviendo felices y satisfechos.
Una noche, cuando leían el libro otra vez, se tocó la ventana.
‘¿Sí?’ llamó el duende mayor.
‘Estoy perdido’ llamó una voz que sonó como una campana
(bel).
El duende mayor puso su barba entre las páginas donde se había quedado, y dijo:
‘le toca a Juan para salir’. Y Juan encendió su linterna
(lantaarntje) y salió. ‘Ya vuelvo’, dijo.
Pero no volvió. Sonaron las nueve. Y sonaron las diez. Y cuando había pasado otra hora sonaron las once. Los duendes se preocuparon mucho. ‘ojalá no le haya caído una bellota (eikel) en la cabeza’, dijo uno. ‘Tal vez habrá chocado contra un tallo (misschien is hij tegen een stengel aangelopen)’ dijo el otro. Después se callaron y esperaron.
Finalmente volvió. Sus ojos brillaron
(schitterden). Pero se calló y no dijo nada.
Entonces todo cambió. Los gallos se ensuciaban, los dientes de léon crecían contra la
ventana, y el cactus crecía tanto que se ponía oscuro en la habitación.
‘Está enfermado’, dijo el duende mayor, ‘recoga tú los huevos. Yo restrillaré la grava
y cogeré las flores. Pasará.’
Pero no pasó. Cada vez Juan salía por más tiempo, y a finales no volvió. Dejaron su
sillita, y pusieron cada día su plato en la mesa.
Juan se había ido. Y seguía sin volver. Y las noches el duende mayor leía el libro, que conocían de memoria. Pero era diferente que antes. Y el duende mayor se enfermó. Una semana antes de Navidad se murió. Hans lo enterró en el jardín, y se quedó en la casa. Cocinaba, rastrillaba, limpiaba y leía en el libro que conocía de memoria. Pero no era lo mismo que antes. Y él también se enfermó. Y él también murió.
Entonces la casa estaba vacía. El libro estaba abierto en la mesa, y las arañas tejían su
tela (weefden hun web) sobre los tres platitos.
Las tres camas estaban en la habitacioncita al lado, y el reloj estaba corriendo y
pasaban las horas, las semanas y los meses. Y cuando habían pasado muchos meses el
duende menor volvió. Llamó por la casa y aplaudió en sus manos.
Pero no había nadie que contestó. Entonces se fue a vivir en la casa con su mujer y su
bebé. Comían de los tres platitos, y dormían en las tres camas.
Por las noches el duende les contaba cómo era antes. Pero ya no leía el libro;
porque después de todo lo conocía de memoria.